El trastorno de personalidad evitadora

El trastorno de personalidad evitadora

Muchos de nosotros adquirimos patrones de conducta que nos hacen vivir en una especie de burbuja emocional y psicológica. Una caja de sensaciones y pensamientos que a menudos son totalmente disfuncionales y que nos aíslan del resto de personas, inclusive –y a veces especialmente- de aquellas a las que más queremos. Cuanto más las queremos, más nos duelen las críticas que puedan hacer sobre nosotros. Y aunque esto le suceda a prácticamente todo el mundo, cierto tipo de personas lo llevan a un extremo, al punto de no tener la capacidad de tolerarlo y se alejan de forma repentina.

La personalidad evitadora es aquella que al menor signo de incomodidad o de tensión evita la relación con los demás. Se trata de personas que en sus primeros años de infancia sintieron por parte de alguno de sus progenitores que les evitaban a ellos. Esta sensación les genera tanto dolor que a medida que crecen se crean una protección para que ese sentimiento de rechazo no los invada y aprenden a tomar la misma conducta de evitación que sintió hacia sí mismo. Las personas con este rasgo de personalidad aprenden a bloquear toda sensación de dependencia hacia otros porque les da pavor y una angustia increíble la idea de ser rechazados.

Son personas que prefieren pasar desapercibidas, porque llamar la atención es exponerse a la crítica de los demás. Que se mueven en un círculo cerrado de amistades porque les proporciona seguridad, con problemas para comprometerse y establecer relaciones emocionales sólidas, pues esto implica por definición ser valorado por otra persona y tener momentos de felicidad y otros de tensión.

En los momentos de tensión, la persona evitadora hará lo que aprendió desde pequeño, evitará a la otra como medida de protección, creando así más desconcierto y más tensión en la relación con la otra persona. El grado de angustia es tal en el evitador que se bloqueará y sencillamente no hará nada, esperando que de alguna manera la situación se solucione por sí sola. Es incapaz de gestionar la tensión y necesita suprimir las malas sensaciones de golpe, tratando de distraerse con adicciones, medicamentos, televisión, etc. El evitador vive constantemente en una balanza entre la necesidad de aprobación y afecto, y el temor a sentir que decepciona a los demás.

Algunas de las ideas de las personas evitadoras son:

“Es mejor no hacer nada, que intentar algo y fallar”.

“Mientras no piense en ningún problema, no tengo que hacer nada al respecto”.

“Mientras no haga caso a los problemas, éstos desaparecerán con el tiempo”.

“Cualquier señal o signo de tensión en una relación indica que la relación va mal, por lo tanto, yo debería cortarla”.

 

Una persona con un patrón evitador pensará de sí mismo que es incompetente, “que sirve para nada o para muy poco”, que no se encuentra bien en situaciones sociales en las que se vea expuesto a la crítica o valoración de otros, y será especialmente crítico y despectivo hacia los demás. Teme enamorarse porque se siente totalmente vulnerable hacia otra persona, por eso tratará de bloquear ese sentimiento una y otra vez, y como esto se convierte en un patrón importante en su vida, el miedo o rechazo a implicarse emocionalmente en una relación romántica será cada vez mayor. Le afectará tanto cada pequeña crítica de la otra persona que será un tormento estar en pareja, de modo que la abandonará en cuanto se sienta superado por esa sensación negativa. Esta persona vivirá entonces entre la tristeza por la ausencia de aquellos placeres o refuerzos que querría obtener de una relación importante para él y la ansiedad que le genera el miedo de comprometerse con una relación.

Como ocurre con otros trastornos de personalidad, estas personas pueden esconderse tras una máscara de prepotencia y seguridad y no aparentar en absoluto ser una persona con tantas inseguridades. Es muy probable que sólo puedas reconocerlas en el caso en que sean personas muy allegadas a las que conoces profundamente. Este tipo de trastornos sólo pueden solucionarse con la ayuda de un psicólogo, alguien que ayude a que nosotros mismos condicionemos nuestra manera de ver el mundo, de percibir nuestros traumas de infancia y de entender que las valoraciones de los demás hacia nuestra persona pueden ser ciertas o falsas y que en ningún caso nos convierten en personas menos dignas de ser queridas o menos valiosas que otros. Todo lo que se necesita es esa fuerza y esa predisposición para encaminarse uno mismo hacia una consulta psicológica y dejarse ayudar. Pero, para eso, se necesita valentía, y ese no es el principal rasgo de una persona evitadora.

 

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